La vida en un refugio empieza pronto. Es la hora de la limpieza, la alimentación y las revisiones médicas. Cada empleado y voluntario intenta prestar atención a cada animal, aunque es un verdadero reto en las condiciones de un gran número de animales. La disciplina y la rutina ayudan a los perros a sentirse más relajados.
La socialización es una parte importante de la jornada. Muchos perros llegan a nosotros tras situaciones de estrés, por lo que la comunicación con personas y otros animales es vital. Los voluntarios enseñan a los rabos a andar con correa, seguir órdenes sencillas y volver a confiar en la mano humana.
Un refugio también es una cuestión de cuidados. Vigilamos cuidadosamente su salud: las vacunas, el tratamiento antiparasitario y una buena alimentación son obligatorios. Sin embargo, ningún cuidado del personal puede sustituir la sensación de un perro en su propia casa y de un dueño personal al que se puede esperar en el trabajo.
A pesar de los esfuerzos, el refugio sigue siendo un lugar ruidoso y molesto. Los perros reaccionan bruscamente a los ladridos de los vecinos y a otros sonidos. Por eso cada paseo fuera del territorio es una gran fiesta, una oportunidad para exhalar, correr por la hierba y sentir el silencio.
Hacemos todo lo posible para que la vida aquí merezca la pena. Pero cada cuenco de comida y cada manta de la jaula son sólo una preparación para el acontecimiento más importante de la vida de un perro: conocer a su humano. El refugio es sólo una estación de espera en el camino hacia la verdadera felicidad.